domingo, 19 de julio de 2009

hola

-¿Recuerdas aquella vez que te pedí que fueras polaco?

-No

-De acuerdo. Cuando vuelvas de París todo será mucho mejor.

-Sí, seguro que sí. Podremos hacer todo eso que tenemos planeado.

-Claro, mejor. Entonces podremos hacerlo.

-Sí, entonces será mejor. Ahora que lo dices, sí recuerdo algo de eso. Estábamos en aquel sitio, ¿recuerdas?

-No mucho, pero creo que sí.

-Y vendréis a visitarme...

-Por supuesto, sí. Claro, sí, muchas veces. Casi todo el tiempo. Será tan bueno cuando vuelvas. Volveremos a aquel sitio.

-Sí, tenemos que volver. Me pediste que fuera polaco. Fue genial.

-Y, oye, ¿por qué crees que lo habrá hecho?

-¿Quién? ¿Pili?

-Sí

-¿Porque es una zorra?

-No, no. Es decir, Pili no parecía de esas, de hecho nunca hubiera pensado que...

-Es una zorra. Tú siempre lo decías y tenías razón. Ahora sólo pienso en París. Cuando vuelva tenemos que construir esa máquina que inventamos.

-Sí, la máquina del tiempo. Te subes y te desplazas hacia el futuro unos cuantos segundos.

-Es la hostia.

-Pero, ¿cómo te has enterado?

-Mensajes y tal. Lo típico.

-Podrías ser un poco más concreto.

-Ya sabes, le pillas un mensaje en el móvil y luego un correo...

-Pero, ¿qué ponía en esos correos?

-Prefiero no hablar de eso.

-A la mierda. Dímelo o te mato.

-Mátame.

-Lo haría si supiera que puedo hacerlo. ¿Me lo dices o no?

-Pues nada, decían cosas como nos vemos en la cafetería, cómo te ha ido el día, ayer estabas muy guapa...

-Pero tío, habrá algo más, ¿no? Eso no demuestra nada. Sólo son palabras escritas en cursiva. ¿Ella qué dijo?

-Qué va a decir. Lo negó todo. Es una zorra. Encima se enfadó porque le leyera los correos.

-Me parece lógico.

-A mí no me molesta que me lea mi correo porque no tengo nada que ocultar.

-¿Esas son todas tus pruebas?

-Sí tío. Lo sé y punto. Pasaba de mí. No hacía más que hablar de sus amigos.

-París es grande. Las puertas miden casi tres metros y pesan como si fueran mesas.

-Es otro mundo. Las sillas parecen perchas. Y todo el mundo habla de una forma peculiar para que suene como a poesía.

-Hombre, en la ciudad del amor...

-Claro, es lógico.

-¿Y cuál será tu trabajo?

-Fabricar bombas atómicas.

-Qué sugerente.

-Sí.

-Cuando vuelvas habré terminado mi novela.

-¿La del mago?

-¿Qué mago?

-El tío ese que tenía mucha mucha suerte y todo le salía tan bien que él mismo llegaba a creerse que era mago.

-Oh, no. Es una nueva. La empecé ayer. Deberías conocer a los personajes.

-¿De qué trata?

-Bueno, no lo sé. Sólo conozco a los personajes.

-¿Y no sabes de qué trata?

-Pues no. De hecho, al principio no me di cuenta de nada.

-¿Pero qué dices? Lo primero que se piensa en una novela es lo que va a pasar.

-No sé. Me dedico a improvisar. Anoche tuve que cortar las presentaciones porque estaban convirtiendo la novela en una competición de historias originales, y eso es lo último que pretendo. Martin y Sara se enfadaron mucho.

-¿Las presentaciones? ¿De qué demonios hablas?

-Bueno, los nombres los puse yo. Sara, Martin, Elisabeth y Bob. Pero aparte de eso, no sé nada de ellos.

-¿Bob? ¿Nuestro Bob?

-No, otro Bob. De hecho, nuestro Bob y mi Bob no se parecen en nada, salvo en el físico, tal vez.

-¿Cómo estará? Nuestro Bob, quiero decir.

-Dice Julia que está jodido.

-¿Sí? Yo oí que su gato se había vuelto loco.

-¡No!

-Sí. Se cree que es un reloj.

-Se veía venir.

-Hablando de relojes, ¿qué hora es?

-Las once.

-Tengo que irme. Tengo que concretar unos asuntos del trabajo.

-Fantástico. Yo me iré a casa a escribir un poco.


0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio