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El invierno llegó sin avisar. Yo rondaba en alguna parte, no muy lejos de mi rincón. Todo el mundo estuvo de acuerdo:
el gris combinaba bien con el rosa pálido. Ya podían caer las primeras gotas. Por entonces, Julia, Seoane y yo
andábamos muy unidos de nuevo, enamorados como siempre otra vez, al fin, milagrosamente; aunque aquello no
fuera más que un espejismo a punto de desvanecerse y nosotros lo supiéramos. En fin, la era de la tecnología tiene
estas cosas. El verano había dejado de ser rentable y resultaba imprescindible restablecer el invierno. Todo el mundo
obedecía y se ponía a comprar abrigos, guantes, bufandas, sombreros. Inmediatamente. Todo marcharía
correctamente mientras se cumpliera la programación. Como debe ser, como Dios manda. Entonces alguien pulsaba el
botón y la ciudad se inundaba de pronto con el obtuso olor a polvo mojado de cada año. Julia me llamó. Seoane me
escribió un correo electrónico. Yo andaba perdido en algún lugar remoto delante de mi portátil, enfrascado en nuevas
palabras, debatiéndome en un mar de letras; bebiendo batidos de fresa y espiando a través de las persianas. El asunto
era serio. Quiero decir que esta vez era distinto. No era como otros años. No se sabe cómo ocurren estas cosas, pero
de repente el cielo se cubre, comienza a lloviznar y tú ya no eres el mismo tipo de siempre. Tragué saliva. No sabía qué
hacer, así que no hice nada. Sólo mirar el tupido manto gris que avanzaba sobre nuestras cabezas. Aunque eso ya es
algo, ¿no? Despacio, muy despacio, como en la canción. Luego telefoneé a Julia y charlamos del tiempo. Ella estaba
algo excitada. Tenemos que hacer algo, gritaba. ¡Me han ofrecido un trabajo! Y a Seoane también, me temo. ¡Un
trabajo! Además, está el pobre Bob. Piensa que Dios habita en su tostadora. ¡No! ¿Bob también? Sobre todo Bob. Su
gato se ha vuelto loco. Cree que es un reloj. ¿Es puntual? Maúlla las horas con trece minutos de adelanto. Mierda.
Estos animales se vuelven locos. Pero nunca lo suficientemente locos. Hay que hacer algo. No sé, tal vez dejar de
crecer. Congelarnos. No me convence. No podría terminar mi novela. ¡Pero si nunca terminas ninguna! Esta vez sí. Lo
sé, nena. Esta vez escribiré por fin mi primera novela. Eso dijiste con la última y ahí han quedado todos esos
personajes, locos y perdidos, sin saber qué hacer. Cariño, así es la vida. Esta vez la terminaré, te lo prometo. ¡Pero ya
ha llegado el invierno! Me da igual, de alguna manera conseguiré terminarla. ¿Y nosotros? ¿Qué será de nosotros?
Tranquila nena. Ya pensaré algo. Cuando salga de la tienda iremos a la taberna y planearemos algo. De acuerdo. Confío
en ti. ¿Me quieres? Te amo.
Salí al balcón. Una multitud de miradas furtivas y silenciosas se precipitó sobre mí desde las ventanas del vecindario.
Sentí la caricia roja de una mirilla en la sien. El estrépito del tráfico que aplastaba la misma calle donde habíamos
jugado de niños me impedía seguir el hilo de mis propios pensamientos. Entré de nuevo y apagué la televisión. Un
silencio extraño -cañerías, toses, pasos, crujidos- invadió entonces la estancia. Sonó el timbre y continué pensando. La
situación era complicada, sin duda. A Julia y a Seoane les habían ofrecido un trabajo, el invierno había llegado y a Bob
le quedaba apenas un instante de cordura. ¿Por qué demonios nunca nadie nada? ¿¡Por qué!? Se me ocurrió
entonces, mientras abría la puerta. Era tan sencillo que me asaltó la risa. Era muy gracioso, condenadamente gracioso
y sencillo.
1 comentarios:
¡Por fin tengo la ocasión y placer de leer algo tuyo!
Y sinceramente, me ha gustado mucho. No escribes nada mal y además, no hay nada mejor que leer historias verdaderas (supongo que la tuya lo será ya que mencionas a Julia)...
Me ha parecido interesante Bob. (Creo que deberé pasarme más veces por tu blog)
Un saludo enorme Aitor
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