microrelato
En el hielo los pensamientos van muy despacio. La puerta, la pesada puerta está abierta. Hay un montón de ropa en el suelo. Y las huellas se pierden en la nieve, ahí fuera, en la tormenta. Los pensamientos van muy despacio. Lo sé, en el fondo lo sé, pero la información no termina de llegar a mi cerebro. Cierro la puerta con dificultad. Le doy una patada al abrigo mientras me digo en voz alta: ahora sólo quedo yo. Al menos espero que no tarde mucho en morir. Algo se me ha enganchado en la bota. Es su ropa interior. No, no tardará mucho. Se me ocurre que tal vez aún pueda encontrarle con vida, en medio de la nieve, que tal vez debiera salir a buscarle. Pero sería un suidicio: en cuanto me alejara cinco metros perdería de vista la entrada de la base, desaparecería en mitad de la tormenta blanca. Moriríamos los dos. No es que eso no vaya a ocurrir de todas formas, pero yo aún no tengo prisa, prefiero esperar a que se agoten las provisiones. Aunque también podría atar un cabo a la puerta y enganchar la cuerda a mi cinturón. No se me ocurre ningún inconveniente, salvo, tal vez, que se deshiciera el nudo. Supongo que ya habrá muerto. Sin sufrimiento. No como yo, a mí me queda mucho. Y será lento. Y será doloroso. Joder, cómo le envidio. Tal vez luego me desnude y me marche corriendo hacia la luz. Me pondré el balón de rugby bajo el brazo y correré como si cien mil personas estuvieran animándome, como en los buenos tiempos. Sólo que esta vez tendrá sentido. Así que vuelvo al puesto de control y me derrumbo sobre el sillón. Por aquí no queda mucho que hacer, ahora que ella ya no toca el piano y ahora que sé que voy morir.
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