martes, 28 de febrero de 2012

microrelato

En el hielo los pensamientos van muy despacio. La puerta, la pesada puerta está abierta. Hay un montón de ropa en el suelo. Y las huellas se pierden en la nieve, ahí fuera, en la tormenta. Los pensamientos van muy despacio. Lo sé, en el fondo lo sé, pero la información no termina de llegar a mi cerebro. Cierro la puerta con dificultad. Le doy una patada al abrigo mientras me digo en voz alta: ahora sólo quedo yo. Al menos espero que no tarde mucho en morir. Algo se me ha enganchado en la bota. Es su ropa interior. No, no tardará mucho. Se me ocurre que tal vez aún pueda encontrarle con vida, en medio de la nieve, que tal vez debiera salir a buscarle. Pero sería un suidicio: en cuanto me alejara cinco metros perdería de vista la entrada de la base, desaparecería en mitad de la tormenta blanca. Moriríamos los dos. No es que eso no vaya a ocurrir de todas formas, pero yo aún no tengo prisa, prefiero esperar a que se agoten las provisiones. Aunque también podría atar un cabo a la puerta y enganchar la cuerda a mi cinturón. No se me ocurre ningún inconveniente, salvo, tal vez, que se deshiciera el nudo. Supongo que ya habrá muerto. Sin sufrimiento. No como yo, a mí me queda mucho. Y será lento. Y será doloroso. Joder, cómo le envidio. Tal vez luego me desnude y me marche corriendo hacia la luz. Me pondré el balón de rugby bajo el brazo y correré como si cien mil personas estuvieran animándome, como en los buenos tiempos. Sólo que esta vez tendrá sentido. Así que vuelvo al puesto de control y me derrumbo sobre el sillón. Por aquí no queda mucho que hacer, ahora que ella ya no toca el piano y ahora que sé que voy morir.

lunes, 24 de octubre de 2011

ppc

1
El invierno llegó sin avisar. Yo rondaba en alguna parte, no muy lejos de mi rincón. Todo el mundo estuvo de acuerdo:
el gris combinaba bien con el rosa pálido. Ya podían caer las primeras gotas. Por entonces, Julia, Seoane y yo
andábamos muy unidos de nuevo, enamorados como siempre otra vez, al fin, milagrosamente; aunque aquello no
fuera más que un espejismo a punto de desvanecerse y nosotros lo supiéramos. En fin, la era de la tecnología tiene
estas cosas. El verano había dejado de ser rentable y resultaba imprescindible restablecer el invierno. Todo el mundo
obedecía y se ponía a comprar abrigos, guantes, bufandas, sombreros. Inmediatamente. Todo marcharía
correctamente mientras se cumpliera la programación. Como debe ser, como Dios manda. Entonces alguien pulsaba el
botón y la ciudad se inundaba de pronto con el obtuso olor a polvo mojado de cada año. Julia me llamó. Seoane me
escribió un correo electrónico. Yo andaba perdido en algún lugar remoto delante de mi portátil, enfrascado en nuevas
palabras, debatiéndome en un mar de letras; bebiendo batidos de fresa y espiando a través de las persianas. El asunto
era serio. Quiero decir que esta vez era distinto. No era como otros años. No se sabe cómo ocurren estas cosas, pero
de repente el cielo se cubre, comienza a lloviznar y tú ya no eres el mismo tipo de siempre. Tragué saliva. No sabía qué
hacer, así que no hice nada. Sólo mirar el tupido manto gris que avanzaba sobre nuestras cabezas. Aunque eso ya es
algo, ¿no? Despacio, muy despacio, como en la canción. Luego telefoneé a Julia y charlamos del tiempo. Ella estaba
algo excitada. Tenemos que hacer algo, gritaba. ¡Me han ofrecido un trabajo! Y a Seoane también, me temo. ¡Un
trabajo! Además, está el pobre Bob. Piensa que Dios habita en su tostadora. ¡No! ¿Bob también? Sobre todo Bob. Su
gato se ha vuelto loco. Cree que es un reloj. ¿Es puntual? Maúlla las horas con trece minutos de adelanto. Mierda.
Estos animales se vuelven locos. Pero nunca lo suficientemente locos. Hay que hacer algo. No sé, tal vez dejar de
crecer. Congelarnos. No me convence. No podría terminar mi novela. ¡Pero si nunca terminas ninguna! Esta vez sí. Lo
sé, nena. Esta vez escribiré por fin mi primera novela. Eso dijiste con la última y ahí han quedado todos esos
personajes, locos y perdidos, sin saber qué hacer. Cariño, así es la vida. Esta vez la terminaré, te lo prometo. ¡Pero ya
ha llegado el invierno! Me da igual, de alguna manera conseguiré terminarla. ¿Y nosotros? ¿Qué será de nosotros?
Tranquila nena. Ya pensaré algo. Cuando salga de la tienda iremos a la taberna y planearemos algo. De acuerdo. Confío
en ti. ¿Me quieres? Te amo.
Salí al balcón. Una multitud de miradas furtivas y silenciosas se precipitó sobre mí desde las ventanas del vecindario.
Sentí la caricia roja de una mirilla en la sien. El estrépito del tráfico que aplastaba la misma calle donde habíamos
jugado de niños me impedía seguir el hilo de mis propios pensamientos. Entré de nuevo y apagué la televisión. Un
silencio extraño -cañerías, toses, pasos, crujidos- invadió entonces la estancia. Sonó el timbre y continué pensando. La
situación era complicada, sin duda. A Julia y a Seoane les habían ofrecido un trabajo, el invierno había llegado y a Bob
le quedaba apenas un instante de cordura. ¿Por qué demonios nunca nadie nada? ¿¡Por qué!? Se me ocurrió
entonces, mientras abría la puerta. Era tan sencillo que me asaltó la risa. Era muy gracioso, condenadamente gracioso
y sencillo.

domingo, 19 de julio de 2009

hola

-¿Recuerdas aquella vez que te pedí que fueras polaco?

-No

-De acuerdo. Cuando vuelvas de París todo será mucho mejor.

-Sí, seguro que sí. Podremos hacer todo eso que tenemos planeado.

-Claro, mejor. Entonces podremos hacerlo.

-Sí, entonces será mejor. Ahora que lo dices, sí recuerdo algo de eso. Estábamos en aquel sitio, ¿recuerdas?

-No mucho, pero creo que sí.

-Y vendréis a visitarme...

-Por supuesto, sí. Claro, sí, muchas veces. Casi todo el tiempo. Será tan bueno cuando vuelvas. Volveremos a aquel sitio.

-Sí, tenemos que volver. Me pediste que fuera polaco. Fue genial.

-Y, oye, ¿por qué crees que lo habrá hecho?

-¿Quién? ¿Pili?

-Sí

-¿Porque es una zorra?

-No, no. Es decir, Pili no parecía de esas, de hecho nunca hubiera pensado que...

-Es una zorra. Tú siempre lo decías y tenías razón. Ahora sólo pienso en París. Cuando vuelva tenemos que construir esa máquina que inventamos.

-Sí, la máquina del tiempo. Te subes y te desplazas hacia el futuro unos cuantos segundos.

-Es la hostia.

-Pero, ¿cómo te has enterado?

-Mensajes y tal. Lo típico.

-Podrías ser un poco más concreto.

-Ya sabes, le pillas un mensaje en el móvil y luego un correo...

-Pero, ¿qué ponía en esos correos?

-Prefiero no hablar de eso.

-A la mierda. Dímelo o te mato.

-Mátame.

-Lo haría si supiera que puedo hacerlo. ¿Me lo dices o no?

-Pues nada, decían cosas como nos vemos en la cafetería, cómo te ha ido el día, ayer estabas muy guapa...

-Pero tío, habrá algo más, ¿no? Eso no demuestra nada. Sólo son palabras escritas en cursiva. ¿Ella qué dijo?

-Qué va a decir. Lo negó todo. Es una zorra. Encima se enfadó porque le leyera los correos.

-Me parece lógico.

-A mí no me molesta que me lea mi correo porque no tengo nada que ocultar.

-¿Esas son todas tus pruebas?

-Sí tío. Lo sé y punto. Pasaba de mí. No hacía más que hablar de sus amigos.

-París es grande. Las puertas miden casi tres metros y pesan como si fueran mesas.

-Es otro mundo. Las sillas parecen perchas. Y todo el mundo habla de una forma peculiar para que suene como a poesía.

-Hombre, en la ciudad del amor...

-Claro, es lógico.

-¿Y cuál será tu trabajo?

-Fabricar bombas atómicas.

-Qué sugerente.

-Sí.

-Cuando vuelvas habré terminado mi novela.

-¿La del mago?

-¿Qué mago?

-El tío ese que tenía mucha mucha suerte y todo le salía tan bien que él mismo llegaba a creerse que era mago.

-Oh, no. Es una nueva. La empecé ayer. Deberías conocer a los personajes.

-¿De qué trata?

-Bueno, no lo sé. Sólo conozco a los personajes.

-¿Y no sabes de qué trata?

-Pues no. De hecho, al principio no me di cuenta de nada.

-¿Pero qué dices? Lo primero que se piensa en una novela es lo que va a pasar.

-No sé. Me dedico a improvisar. Anoche tuve que cortar las presentaciones porque estaban convirtiendo la novela en una competición de historias originales, y eso es lo último que pretendo. Martin y Sara se enfadaron mucho.

-¿Las presentaciones? ¿De qué demonios hablas?

-Bueno, los nombres los puse yo. Sara, Martin, Elisabeth y Bob. Pero aparte de eso, no sé nada de ellos.

-¿Bob? ¿Nuestro Bob?

-No, otro Bob. De hecho, nuestro Bob y mi Bob no se parecen en nada, salvo en el físico, tal vez.

-¿Cómo estará? Nuestro Bob, quiero decir.

-Dice Julia que está jodido.

-¿Sí? Yo oí que su gato se había vuelto loco.

-¡No!

-Sí. Se cree que es un reloj.

-Se veía venir.

-Hablando de relojes, ¿qué hora es?

-Las once.

-Tengo que irme. Tengo que concretar unos asuntos del trabajo.

-Fantástico. Yo me iré a casa a escribir un poco.